miércoles, 26 de enero de 2011

Silencio y vergüenza

Un muerto es un muerto.
Nada más.
Silencio y vergüenza.

 
Porque no nos podemos parar.
Hay que evolucionar.
Dormir lo que nos despierte,
y esconder lo que nos moleste.
Fichar y callar.

 
Unos pies sucios con ojos entornados
buscan en la basura
el calor que perdieron
y la droga que encontraron.

 
!Ayuda!

 
Grita, espera y desespera
mientras unas cuerdas le atan a la vida
y le acercan a la locura

Un olor vergonzante recorre la sala,
nos callamos y nos miramos,
con seguridad, con firmeza,
desde la distancia del calor,
desde el norte de su sur.

Nos tapamos los ojos,
para evitar contagiarnos
de la vergüenza de los diente raídos.

 
Protegemos nuestra culpa
con guantes de látex,
con mascarillas de papel,
con miradas de compasión,
con el alma vomitando.

Placamos su dolor
y velamos sus sueños,
adormecinedo su conciencia,
expiando nuestra culpa
y despojándoles de la razón y su uso.

 
Cansados y satisfechos,
recogemos nuestra vergüenza,
cerramos nuestra puerta,
silenciamos la voz
y será hasta otro día.

martes, 2 de noviembre de 2010

Circle line

Me deprimen los andenes. Personas subiendo y bajando los tres peldaños que separan el vagón del apeadero. Una y otra vez. Cada 7 minutos. Sin necesidad de mirar el cartel de la estación. Como autómatas. La voz metálica anuncia la llegada de otro tren. La gente se levanta y se acerca a las vías. Parece un desfile militar. Todos a la vez, como una legión instruida. Hay una leyenda urbana sobre un psicópata, que empuja a las vias a las personas que esperan en el borde. Cuentos de viejas, pesadillas en las noches de apagones de luz. Ya ninguno de ellos los recuerda. Habrán crecido. Habrán vencido sus fantasmas, sus anhelos, su brillo en los ojos. Ya ni siquiera miran su reflejo en el cristal del tren, temen verse a ellos mismos. Solamente suben y bajan los tres escalones que separan el vagón del apeadero, caminan las escaleras mecánicas y tiquean su billete a la salida de la estación. Se reconocen, pero no se miran. Al dejar una estación, se levantan para bajar en la siguiente, ceden el asiento a una embarazada, sin verla, sin decirle nada. La voz robótica anuncia otra parada. El andén está repleto. Veinte cuerpos uniformados entran en mi vagón. Algunos se sientan, otros se quedan de pie, no se miran, no me miran, suena un silbido y el coche se pone en movimiento. El metro se detiene entre dos paradas. El que leía sigue leyendo, el que dormía sigue durmiendo y el que miraba a través de la ventanilla huye de su reflejo. Se pone otra vez en marcha y se llega a otro muelle de carga. Ya no caben más, pero entran otros diez cadáveres. Se alinean perfectamente con el resto y así, tres paradas más. La voz sigue anunciando lugares y correspondencias. Se bajan y hacen otro transbordo. La línea circular sigue girando por las entrañas de Londres. Es la segunda vez que paso por mi parada, pero aún no estoy preparado para bajarme del vagón.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Con la que está cayendo

Con la que está cayendo, ¿cómo no voy a ir la huelga? No me pongas excusas. Di lo que quieras de los sindicatos amarillos, que tendrás razón. Son unos oportunistas, se tenía que haber hecho hace tiempo, hay desinformación, contradicción… ¿Y qué? Yo no me manifiesto por ellos. Yo SÍ voy por ti, por mí y por Evelyn. Por Renato y el contrato que nunca firmará. Por Lisette y las demás esclavas de calle Montera. Por el accidente laboral impune de Mohamed. Para que dejen de decir que lo hacen por nosotros. Para demostrar que no somos parte de su juego, que no pueden seguir utilizándonos sin que nos movamos. Pero, sobretodo, me manifiesto porque OTRO MUNDO ES POSIBLE. Otra reforma laboral es posible. Otra política social es posible. Otra globalización es posible. Hago huelga porque demasiada gente ha muerto para que yo tenga derecho a hacer huelga. No mires a otro lado. Córtales el hilo con el que tejen sus redes y manejan sus marionetas. Dales fuerte y no corras. Sin nosotros, no existen. Imagínate que un día no vamos nadie a trabajar. ¿Qué pasaría si una mañana, sin previo aviso, sin convocatoria oficiosa, nadie acudiera a su puesto? ¿No ves a los gordos dueños del mundo, con su traje gris y su alma asistólica, cargando cajas y mirando la calle desierta buscando una respuesta? Somos el motor que mueve el mundo. Unámonos, compañera. Abramos las grandes alamedas por donde pase el hombre libre. Es hora de construir nuestra historia. El futuro está en nuestras manos y es nuestra obligación cambiarlo. Se le debemos a los que lucharon antes que nosotros. A las primeras sufragistas, a los anarquistas asesinados y a los exiliados. Se lo debemos a aquel poeta que cantó a la libertad pura, sin fisuras ni dobleces. Derribemos los muros de silencio y gritemos. ¡Otro mundo es posible! Compañera, hermana, ocupemos las calles y construyamos el mundo con el que siempre hemos soñado.

lunes, 23 de agosto de 2010

Cuando pedíamos deseos

Hoy acaba el verano. Cae la última tormenta de verano y llega el otoño. Pero ya no me importa. El cielo plomizo y la calle llena de charcos. El olor se cuela por la ventana mientras trabajo con el ordenador. Pero la lluvia no huele igual, no tiene el mismo sabor, ya no cala hasta los huesos. Simplemente, evoca sensaciones lejanas, de cuando éramos más jóvenes. De cuando andábamos bajo el aguacero mojándonos sin saber. De cuando no nos abrigábamos porque siempre hacía calor. La lluvia no llovía ni nosotros corríamos a resguardarnos. Los nudos en el estómago no estrangulaban, eran dulces caricias que nacían en la boca y acababan en una erección. Y siempre había prisa, siempre había un sitio mejor donde estar, siempre a tu lado. No podíamos parar, no había tiempo que perder. El amanecer no dolía, sabía a cigarrillos, a alcohol, a sudores compartidos. Los ojos enrojecidos, tumbados en cualquier esquina, viendo la gente pasar, mordiéndote el cuello y sin pensar. Y por la noche llovía y la luna se escondía hasta que volvía a iluminar mi oscuridad. Hoy ya no miro al cielo. Aquí no hay estrellas para encontrarme cuando estoy perdido, para buscarte entre ellas. Ya no te busco porque hace tiempo que te fuiste. No podría decir en que momento exacto desapareciste, pero, de repente, ya no estás aquí. No ando por la noche donde habitas. Es mejor extrañar tu presencia que reconocer que estamos muertos. Aunque te encontrara, ya no serías tú. Y yo no sería yo. La luz que entra por mi habitación  me deprime. Me despierta y me recuerda el sinsentido de estar aquí. Pero no la cierro. No quiero olvidarlo. Necesito sentir aunque duela. Necesito recordar que la lluvia sabía a tus labios, a tardes escondidos en el parque, a tus pezones fríos en las noches en la calle, al boxer manchado al llegar a casa. Tú despertaste mis sentidos pero ya murieron. No quiero seguir buscándote en las noches sabiendo que no vas a volver. Este cielo no es nuestro. Sé que no volveré a mirar estrellas ni a pedir deseos. Tú siempre fuiste ese anhelo. Te pedí durante años de sueños fugaces. Llegaste y no te marchaste. Ahora sí es verdad. Te fuiste y yo ya no miro al cielo.

domingo, 4 de julio de 2010

Silencio

Preguntas forzadas, comentarios inadecuados, temas vulgarmente morbosos. Pero parece que a ella le hace gracia. Quizá sea la timidez la que la obliga a torcer una sonrisa aprobando el exabrupto. Quizá sea el atractivo que las niñas tontas ven en un adjunto joven. O quizá sea yo el patético voyeur que se toca siniestramente debajo de la mesa, mientras ellos se ríen de mi pose forzada de lobo estepario. A veces, creo ver en sus ojos la burla, mientras busco desesperadamente, la complicidad que me salve de la humillación de creer reírme de quien, en verdad, se divierte a mi costa. Un comentario y una mirada de reojo me devuelve al estatus donde considero debo vivir. Y vuelvo a disfrutar del triste espectáculo de ver a un hombre intentando llamar la atención de una mujer. Intentando que sea ella la que le llame para, entonces, responder con fingido desinterés. Tratando de compensar los rechazos del pasado, cuando interpretaba otro papel al que tampoco se ajustaba. Mientra tanto, yo intento sacar provecho a mi posición de macho joven en la manada. Salto y hago cabriolas, mendigando una mirada, aunque sea de desprecio. Ella me mira. Creo que me sonríe. Puede que le guste mi despliegue de habilidades, propio de un concurso de talentos. Quizá sea yo el ganador de esta gala, de este duelo de hombres, de esta pelea por la hembra en celo. Hago un comentario presuntamente ingenioso. Ella sonríe y eso me inquieta. Necesito dejar este estúpido juego que me lleva al peligroso terreno del patetismo, en el que estoy seguro acabaré viviendo. Pero aún no. Hoy es él quien está perdiendo, palabra a palabra, la poca dignidad que le puede quedar a un hombre suplicando ser respondido. Hoy es el quien se sienta sobre la mesa creyendo estar encarnando a George Clooney, canoso sexy capaz de hacerse estremecer a cualquier musa. Hoy todavía busca mi mirada cómplice cuando se siente incómoda. Se agarra a mi cuello, buscando quien le lleve a la orilla donde se siente cómoda. De momento. Pronto llegará el momento en que se deje llevar por el torrente cegador del orden jerárquico, por el glamour de la escala social. La erótica del poder, supongo. Cuando le encuentre atractivo, cuando sonría sinceramente antes sus estúpidas ocurrencias y yo, definitivamente, haya perdido. Ya no buscará mis ojos fieles ni querrá oír mis historias. Dejará de visitar mi blog y de verse en nuestras pequeñas historias. Escuchará con atención otras bocas, que no le dirán nada e intentarán comerla. Quizá se resista y quizá huya. No lo sé.
Bien sabes que estaré esperando para rescatarte, aunque sepa que pronto volverás a buscar otros dientes que te muerdan.

jueves, 10 de junio de 2010

Como cada amanecer



Otra despedida de escalofríos,
otra copa de whisky solo en la habitación
cargada de fracaso y humillación,
otra noche de caricias solitarias.


Hasta mañana,
sentencia mientras llega el primer metro,
castigo merecido por mi falta de valor,
del deber sobreentendido de mi miembro.


Otro paseo de la vergüenza,
caminando de vuelta
a una cama vacía,
a un cuarto menguante,
a una sombra huyendo de mí.


La miro calle abajo mientra huye,
digna y desconcertada,
cansada y determinada
a no volver a verme.

jueves, 27 de mayo de 2010

Adiós

¡Adiós! Lo sé. Sé perfectamente que esto es un adiós sin despedida. Sin escenas, sin abrazos, apenas un beso en la mejilla y un roce de manos. Un cruce de miradas y hasta mañana. Un hasta mañana que significa adiós. Después de tanto tiempo, ¿qué otra cosa podía esperar? ¿Acaso no es normal que quedemos mañana para ir al cine? Es lo que toca en este momento. Volver a los cines donde fuimos una vez y dijimos que teníamos que volver cuando cambiaran la cartelera. Y de esto hace ya más de un año. Por supuesto. Llevo tiempo queriendo ver esa película pero nunca encontraba el momento. Yo también, pero no encontraba con quien ir. A mí nunca me ha importado ir solo pero tú decías con desprecio que eso era demasiado triste, era tu paradigma del patetismo, tu representación del tocar fondo social ¡Pues me alegro si tú has sido capaz de encontrar compañero de butaca! Pero, si has encontrado alguien con quien beber vino de Oporto, por favor, no me lo digas. No son celos, lo hago por ti. Prefiero pensar que no coges a cualquier beodo aficionado con tal de no hacerlo sola. Eso no. ¿Es que no te he enseñado nada? Si no tienes nadie bueno para beber, bébelo tú sola. Sirve dos copas, siéntate en balcón de tu casa, ese que da a la calle del Tesoro y apura ambas con tragos cortos. Mañana a las ocho paso a buscarte. Y mañana existirá porque nuestro ayer yo lo he matado. Hoy por fin he escuchado tu invitación al concierto de un grupo que ni a ti ni a mí nos gustaba. Claro que voy, ya termino esto mañana. Pero ya no es ayer si no mañana. Ya no estás cerca de mí, no siento tu hálito húmedo hablando de tus pinceles. Háblame, habla sin parar, cuéntame lo que sólo tú sabes, lo que escondes al mundo. Desnúdate y bebamos. Perdamos el sentido juntos en cualquier rincón de mi habitación. Golpea la pared con rabia que no te preguntaré porque lo haces. Tómate otra copa conmigo y di algo inapropiado. Yo te sigo. Pero, no te vayas. No seas agradable, no me hagas sentir bien. No digas que te gusta lo último que he escrito. No hagas nada porque ya sé que te he perdido.